Tiempo espumoso el de la política nacional, inasible por momentos. Hace tan solo una quincena, Javier Milei anunciaba, eufórico, “la moral como política de Estado”. En esa teatralización del antagonismo que fue la apertura de sesiones ordinarias, el presidente ofreció algo similar a un credo.
Aquella moralización del discurso oficial tenía una función: encubrir el desgaste de un esquema económico que empuja a la extensión de la pobreza y la desocupación. Que alienta un creciente industricidio, facilitando a grandes y medianos empresarios el ataque a la clase trabajadora con cierres y despidos. Anclaba, además, en la promesa originaria del mileísmo, aquella que venía a resarcir la decadencia del sistema político preexistente.
Ese insípido relato está siendo destrozado. El primer balazo contra el blindaje discursivo oficial vino del dedo de Manuel Adorni. Con una prepotencia de casta que el menemismo hubiera admirado, se atrevió a conjugar el verbo “deslomar” para referirse a un viaje de lujo a New York junto a su esposa. En simultáneo, emergía otro escándalo que lo implicaba, con el viaje en un avión privado a Punta del Este. Ocurrido a mediados de febrero, vio la luz un mes más tarde, gracias a las muchas grietas que recorren al oficialismo.
Luego, llegaron las impactantes revelaciones en el LibraGate, que pusieron al presidente y a su hermana Karina en el centro de los cuestionamientos. El vínculo entre el núcleo del poder y los promotores de la cripto-moneda aparece con potente nitidez. De confirmarse todas las acusaciones, el primer mandatario habría incurrido en una extensa lista de delitos. Marcelo Falak los resumió en su newsletter diario: asociación ilícita, cohecho pasivo, negociaciones incompatibles con el ejercicio de la función pública, obstrucción de Justicia, incumplimiento de los deberes de funcionario público, encubrimiento.
La enumeración -añade el periodista de LetraP– empuja una conclusión: el presidente cumple los requisitos para afrontar un juicio político. En un escenario de ese tipo, ¿lo sostendrán sus actuales aliados parlamentarios? ¿Qué papel elegirían los Jaldo y los Jalil? ¿Cuál los falsos “republicanos” del PRO y la UCR?
En aquel relato de la “guerra a la casta”, Milei ofrecía salida a un profundo malestar social. Presentaba un canal a aquel extendido repudio a una “política” que solo empujaba hacia abajo el nivel de vida colectivo. Hoy, el dramático día a día de millones a lo largo de todo el país, va demoliendo la esperanza en esa promesa originaria que anidó entre sus votantes.
La conclusión avanza. Al final de cuentas, luego de hablarse encima por largos dos años, los “guerreros” anti-casta resultaron una camarilla de arribistas, ansiosos de utilizar el Estado en beneficio propio.
En la creciente ilegitimidad gubernamental anida la posibilidad de potenciar la resistencia social al feroz ajuste en curso. Creciente, el escándalo vuelve al Gobierno más débil para empujar su agenda de ajuste; debilita su capacidad coactiva y represiva.
Esa resistencia debe potenciarse y desplegarse desde abajo. Desde la lucha de la comunidad universitaria por salarios y presupuesto. Desde la pelea contra cierres y despidos. Desde la pelea por hacer masivo el 24 de Marzo, enfrentando tanto la impunidad histórica como el ajuste presente, que halla multiplicidad de cómplices en el peronismo y la conducción traidora de la CGT.
A un Gobierno con la moral por el piso se lo puede confrontar más fácilmente.
