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21 marzo, 2026

La interna de los techbros

Gates, Jobs, Bezos. Brin & Page. Mark (Zuckerberg) con sus Adilette y prematura biografía con Oscar incluido para el film The Social Network… Luego, Elon (Musk), una suerte de Citizen Kane extrovertido y libertario. Y también Satya (Nadella) o Sundar (Pichai) y más acá Jensen Huang (de la ahora estelar Nvidia).

Los cambios tecnológicos se narran generalmente por el impacto en las comunicaciones, en los negocios, por las valuaciones bursátiles y las narrativas de empresas de cotización, ganancias o cantidad de usuarios activos récord. Pero también con nombres propios. Figuras y biografías que compiten o contrastan con la épica corporativa: derroteros de inmigración, resiliencia, proyectos fallidos, liderazgos cuestionados, perfiles bajos y discursos icónicos, visión de futuro… Y un puñado de ingresantes a la lista de los más ricos del planeta. El biógrafo Walter Isaacson, quien retrató la vida de Steve Jobs y Leonardo da Vinci, entre otros, perfiló en su ultimo libro, justamente, la intimidad de Musk: “No sabe vivir sin polémicas o en modo supervivencia, se siente inquieto”. Las historias personales, traumas infantiles, particularidades psicológicas, derrotero estudiantil y de negocio, fortunas prematuras forma parte del modo en que nos aproximamos a esta era signada por plataformas de adopción global en tiempo récord.

Estos días, dominados por las discusiones y premoniciones sobre la inteligencia artificial y sus efectos, también trae nuevos nombres: en la polémica directa Sam Altman (OpenAI, ChatGPT) y Dario Amodei (Anthropic, Claude). Dilemas éticos, modelos de negocio, implicancias sociales, sustentabilidad son algunos de los asuntos en los que, con convicción y conveniencia, toman posición pública por sí mismos y por sus empresas.

Sin embargo, la no tan nueva irrupción en la constelación “techbros” es el líder de Palantir, Alex Karp. A diferencia de casi todos, es oriundo de la metrópolis, Nueva York, y destila un modo repelente al estilo Silicon Valley. Si las aplicaciones masivas de Inteligencia Artificial Generativa, apelan a cierta continuidad con la cultura y el estilo individual de las redes y las plataformas digitales de la Costa Oeste, Karp prefiere abiertamente un discurso de poder. De hecho, después de mantener un perfil relativamente bajo, sacudió el último foro de Davos, en enero, con un estilo provocador, sobre el futuro del empleo: “Habrá más que suficientes puestos de trabajo… Pero la IA destruirá los empleos de humanidades”, dijo. Y también los trabajos rutinarios de oficina. La semana pasada avanzó en esa dirección y dio precisiones políticas de ese alcance: “Esta tecnología disrumpe en el uso de las humanidades. Reduce el poder económico de mujeres y votantes demócratas; tiene altas implicancias políticas”, se explayó. Además de un deseo, era un pronóstico.

A comienzos de este mes, en un evento del fondo de inversiones Andressen Horowitz, Karp mostró otra faceta pública, lejos del cinismo optimista o del humanismo de muchos de sus colegas de la industria tech. Explícito. Trato de retardados a los colegas de Silicon Valley y uso la palabra clave del nuevo paradigma: nacionalización. Defendió sus negociaciones con organismos de los Estados Unidos, de seguridad interior y exterior, en los que provee de soluciones basadas en procesamientos de datos a escala útiles tanto para ICE como para la avanzada en Irán. Una reversión clave del universalismo de las empresas digitales y acorde al annus geopoliticus 2026 donde se discute con la liviandad de un posteo la palabra genocidio pero también las soberanías territoriales y energéticas. Millones de directores técnicos y millones de estadistas.

La compañía lleva un nombre mítico y literario: las palantir son objetos de ficción que forman parte del universo de J.R.R. Tolkien: una esférica piedra vidente que permite comunicarse a distancia.

En su biografía sobre Elon Musk, Walter Isaacson, aseguró que el magnate “no sabe vivir sin polémicas o en modo supervivencia, se siente inquieto”. Matt Rourke – AP

Abogado y doctor en filosofía alemana en Stanford, “antiprogre” y defensor de Occidente y de hacer negocios con el Estado para proveerlo de herramientas estratégicas clave, no es un desconocido: el año pasado su libro La República Tecnológica fue #1 best seller de no ficción. Allí plantea su tesis de liberalismo nacional clásico, y arraigado en los Estados Unidos, con tecnologías de vigilancia a escala. A contrario de los estereotipos del villano de ficción, hace bandera (de franjas y estrellas) de controlar los datos y usarlos en beneficio de la nación.

En los últimos días, Karp fue más lejos: “Quien no domine la IA está perdido”, sostuvo. Y no se refería a la supervivencia de los empleados que ven su trabajo amenazado sino a los Estados que no controlen la capacidad y el uso de esa tecnología.

En el contexto, Anthropic publicó esta semana un gráfico elocuente sobre los empleos más amenazados por la IA, vinculados a tareas de oficina, intelectuales y digitalizadas, y los menos: oficios manuales, servicios prácticos y presenciales.

En una entrevista en video reciente realizada por Andrew Sorkin y publicada por The New York Times, Karp se mostró iracundo pero también inquieto e incómodo con algunos cuestionamientos. Su postura se distancia de OpenAI y de Anthropic, y también de Google, los contendientes más visibles de la masificación de IA: su foco está puesto en las millonarias negociaciones con los gobiernos. Y su “enemigo” parece ser la elite de formación universitaria tradicional sobre todo en las casas de prestigio. “Si eres el tipo de persona que fue a Yale, con coeficiente intelectual alto y conocimientos generales, estás jodido”. Y defiende el programa de meritocracia que implementa en su empresa: “Da igual si no fuiste a la escuela o a Princeton o Harvard. Una vez que llegas a Palantir eres palantiriano”.

De Edison vs. Tesla y su guerra de las corrientes eléctricas, registrada en largometrajes, la tecnología no nos resulta anónima. Y sus biopics son un elemento decisivo para entender el tiempo que vivimos, en el que las novedades de las apps se actualizan a velocidad de vértigo y detrás de la generalización que prefiere mostrarlos como un territorio homogéneo.

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