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18 enero, 2026

Nueva batalla en el Congreso, gobernadores en alerta y otro desaire a Mauricio Macri

Primerean con Mercosur para tener quórum

La aprobación del acuerdo Mercosur-UE es un tanque de oxígeno para la escalada del Gobierno en la agenda legislativa. Cada voto le sale cada vez más caro que el anterior. Trata de aprovechar banderas del no peronismo -como la reforma electoral o la penal de mano dura- para arrinconar al adversario.

Este martes el peronismo del Senado enciende la luz con la reaparición de José Mayans, presidente del interbloque opositor. Reclamará de nuevo que le den a su coalición dos senadores más por comisión. Habló en las últimas horas con Victoria Villarruel.

La vicepresidente le dijo que hasta el 1° de febrero no habrá integración de las dos bicamerales que le interesan a la oposición. Una es la de Trámite Legislativo, que controla los DNU. La quieren para hacerle pelo y barba al DNU 941 de reforma del espionaje. La otra es la de vigilancia de los Organismos de Inteligencia, para montar un escenario de interpelación sobre ese DNU.

Mientras tanto el tiempo pasa -los 10 días canónicos para examinarlo en comisión-, con lo que irá directo, seguramente, al recinto, donde se librará la primera batalla del año. Para su propósito proselitista, el acuerdo con la UE es un proyecto ideal que arropa cualquier iniciativa tramposa.

Es el envoltorio para asegurarse el quórum y porque todos los legisladores lo aprobarán, salvo los de la derechona que no creen en el multilateralismo (algunos tienen la camiseta del mileísmo) o alguna izquierda extrema, que piden todos los días que el país se constituya en asamblea, abola la constitución y estatice los medios de producción.

El capítulo fiscal es lo que les interesa

Mayans y el interbloque ensayan una maniobra de pinzas para frenar el proyecto provocador de reforma laboral. Parlamentó en playas de Pinamar y Ostende con Mariano Recalde, ariete en defensa del derecho laboral peronista que el Gobierno quiere demoler. Tiene además el cálculo del costo fiscal que tendrá esa reforma para el Estado y las provincias, a quienes se las castiga en la coparticipación.

La estimación es parte de un informe de Jorge Capitanich -la otra luz encendida este mes en el palacio legislativo – que dice que el proyecto, si se respeta el dictamen, producirá una pérdida recaudatoria anual de 8.149.521.000.000, equivalente a USD 5.727 millones. Es el cálculo de las concesiones tributarias.

Esa caída afecta a la coparticipación de impuestos por un monto de $ 4.674.565.245.600. La Nación por su lado, tendrá un recorte de USD 2.304.544.800 dólares, que dejan de estar disponibles para financiar sus funciones. Observa también que la prisa por aprobar el proyecto busca que el beneficio fiscal impacte sobre la totalidad del ejercicio 2025, especialmente en el Impuesto a las Ganancias, maximizando el ahorro tributario de los beneficiarios.

La misión es arrinconar al peronismo

Los voceros del Gobierno filtran la intención de la mesa chica del Ejecutivo, que va a tratar de sacar alguna modernización laboral, la que sea, la que toque, con tal de alzar la bandera de que doblegaron al peronismo. Con la reforma penal intentan lo mismo.

Se trata de la cruzada de Sergio Massa y Graciela Camaño de 2013: arrinconar al cristinismo juntando firmas contra la reforma que creían garantista, producido por una comisión multipartidaria coordinada por Federico Pinedo. Les surtió efecto, congelaron el proyecto y dividieron al oficialismo de entonces.

El ala Zaffaroni debió acudir al papa Francisco para que Cristina suavizase el proyecto muleto y descafeinado que había enviado el viceministro Julián Álvarez en lugar del de Pinedo. No hubo reforma, ni dura ni blanda.

Ahora el objetivo es el mismo, arrinconar a los garantistas con la leyenda de la Argentina bañada en sangre, cuando se afirma que la Argentina es el país más seguro de la región. Y desde hace años, no de ahora. Va primera porque Chile se cayó de la escala en los dos últimos años.

Debió invitarlo a Macri

El Gobierno aprovechó otra oportunidad de desairar a Mauricio Macri. Lo debió invitar a la firma en Asunción del acuerdo Mercosur-UE, que el expresidente en realidad había formalizado en junio de 2019 en la reunión del G20 de Osaka. Ese anuncio, celebrado por el gobierno de Juntos por el Cambio en pleno marasmo de su gestión, en realidad recogía el trabajo del Gobierno anterior.

En diciembre de 2014, los cancilleres de los países del Mercosur cerraron sus posiciones en favor del acuerdo después de una larga negociación sobre las ventajas y desventajas del entendimiento para sus economías. Ese consenso quedó en sobres cerrados que se cruzaron los países del Mercosur.

En mayo de 2015, cuando otro marasmo ponía al gobierno de Cristina Kirchner en el plano inclinado hacia la derrota, Héctor Timerman se reunió en secreto en con Mauro Vieira, canciller de Dilma Rousseff entonces, y hoy de Lula da Silva, para acordar la entrega del documento del acuerdo a la UE. Lo hizo Timerman el 20 de mayo de aquel año ante el gobierno de Portugal, que representaba a la UE en esta negociación.

Desde ese momento se abrió la conversación entre las partes para llegar al acuerdo que se logró cuatro años después y fue anunciado por Macri y su canciller Jorge Faurie en Osaka. Y es el que fue formalizado el sábado pasado con la firma en Asunción.

El acuerdo hace ruido con Washington

El pacto se demoró por las disidencias entre varios países europeos en torno a la negociación del intercambio de productos agrícolas con el Cono Sur. En esos países rigen severas barreras arancelarias y sistemas de protección que impidieron hasta ahora el consenso. ¿A qué tanta historia? Al carácter de política de Estado que tiene el acuerdo. Por esa razón Milei pudo ir acompañado de Macri a la firma en Asunción.

Era comprensible que no los llevase a Cristina ni a Alberto Fernández, con quienes hoy polariza después de que lo hicieron presidente, con la misma inquina que ahora lo hace con Macri, que también lo ayudó a llegar, y a gobernar en los dos primeros años de su presidencia. También le puso ruido al acuerdo la observación de Estados Unidos sobre la existencia misma del Mercosur.

Esa platea tiene doctrina clara sobre el sistema de integración que une a la Argentina con Uruguay, Paraguay y Brasil: es una zona de desviación de comercio, es decir, de protección de una lista cerrada de negocios. El proteccionismo de Trump le ha quitado fuerza al reproche de los librecambistas de Estados Unidos.

Trump se ha alejado del librecambismo y alzó una valla de aranceles externos para proteger a su país. Pero tampoco festeja el acuerdo porque, cuando prospere, será una vía de escape de Europa para salirse del corsé de la disputa con EE. UU. y con China. Desde este ángulo, el acuerdo UE-Mercosur es un buen negocio para la región, pero también para Europa.

La herencia no era tan mala

En el lento aprendizaje a gobernar, Milei parece entender que la herencia recibida no fue tan nefasta. El Mercosur se consolidó con esta firma como una de las políticas de Estado que tiene la Argentina y que permanece por encima de los cambios de gobierno. La otra es la que logró en 2016: que la Comisión de Límites de la Plataforma Continental de la ONU aprobase, por unanimidad y sin objeciones, la propuesta criolla de medición de la nueva frontera marítima del país.

Este cálculo redundó en un ensanchamiento de los límites internacionales. Dicho de otra manera, agrandó la Argentina sumando el mar territorial que ahora equivale a un 48% de la superficie terrestre del país. Esa ampliación territorial del país fue el resultado de la tarea de una comisión que trabajó bajo todos los gobiernos desde 1997.

Participaron funcionarios de varios ministerios y la coordinó la funcionaria de la Cancillería Frida Armas Pfirter. Todos los gobiernos desde el de Carlos Menem hasta ahora le han respetado las funciones, que está en la grilla desde 1997, año de la sanción de la ley que dispuso estos estudios.

Hoy la abogada Armas es jueza del Tribunal Internacional del Derecho del Mar y sigue vigilando la comisión del límite marítimo de la Argentina, por si puede sumarle algunos metros más al mapa. La Argentina es un país que crece, como los hijos.

Los cohetes son ajenos

La oportunidad de esta herencia le permite al Gobierno sumarse a otras políticas de Estado que no parecen tan malas, como la de participar con la NASA en proyectos espaciales. La oposición se enojó con el Gobierno porque Milei se atribuye haber contribuido a este proyecto que tiene tantos años de historia que lo convierten en otra política de Estado.

Nació con el gobierno militar y la iniciativa de un misil Cóndor que nadie supo jamás si tenía o no cabeza inteligente. Lo desmontó Menem a pedido de los EE. UU. pero la experiencia se extendió en el tiempo. Bajo el gobierno de Menem se pusieron en órbita los satélites SAC, que ahora se prolongan con la participación en el proyecto Artemis II de ir a la Luna.

El interés público, una fineza de la política

Las políticas de Estado traducen el consenso de las fuerzas políticas en torno al interés público. Defender los mercados de la Argentina en el mundo es defender el interés público, como lo es la agenda nuclear (otra política de Estado), las iniciativas espaciales, o la defensa del territorio.

El gobierno de Milei, que se caracteriza por desplegar ocurrencias de sus funcionarios antes que políticas de consenso, ha fustigado antes la existencia misma del Mercosur. Ahora le conviene subirse a la marca, aunque le faltó resto como para compartir la fiesta con quienes la pagaron -es el caso de Macri-.

Entender el interés público es una fineza de la compleja tarea de la política. Tener ocurrencias las tiene cualquiera, como enojarse con la existencia de las Naciones Unidas, militar el antiwokismo, el antifeminismo, la homofobia o el desprecio de las ciencias políticas y sociales, que merecieron una mención condenatoria en un comunicado presidencial del fin de semana en la tradición bárbara del tipo “libros no”.

Son gestos que proyectan limitaciones de la personalidad de los funcionarios.

Frondizi también se alineaba encima

En materia exterior, Milei expresa un seguidismo caribeño a los Estados Unidos como única bandera. No es exclusivo de este gobierno. Otros que hubo antes se volcaron al mismo error. El vicepresidente de Arturo Frondizi, Alejandro Gómez, dejo en un libro de memorias el testimonio del “integracionismo”, que llevó a Mario Amadeo, representante argentino en la ONU, a pedirle a Frondizi directivas de la Cancillería argentina, cuya única instrucción era: ante cualquier asunto que se tratara en la ONU, así fuera el conflicto de Medio Oriente, votar como Estados Unidos.

Gómez dice en este relato (“Un Siglo, una Vida: De la soberanía a la dependencia”, 2001) que Frondizi carecía de política nacional en el exterior, y que buscaba posicionarse como candidato a la Secretaría General de las Naciones Unidas para cuando dejara la presidencia de la Nación. El integracionismo no le sirvió a Frondizi como tampoco al gobierno militar, que se zambulló en Malvinas creyendo que Estados Unidos pagaría la factura por el integracionismo del Proceso.

Con los amigos no alcanza

Hacer seguidismo lleva a la derrota y no defiende el interés público. Para hacer política exterior hay que ser ocurrente y no previsible, desplegar estrategias que el adversario ignore y cultivar la sorpresa. Lo describe Galdós en su novela Bailén, relato de la derrota napoleónica por el ejército español que integraba San Martín:

“Nosotros teníamos sobre ellos la ventaja de lo desconocido, que es el genio tutelar de las batallas, de eso que no se ve y que en el momento apurado y crítico sale inopinadamente de lo hondo de un camino, del respaldo de una loma, de la espesura de un bosque; combatiente de última hora que la tierra echa de su seno, y se presenta fresco, sin heridas ni cansancio, a decidir la victoria”.

Pero a gobernar no se aprende en la Pitman ni en los tutoriales de You Tube -que parecen ser la cantera formativa de funcionarios ajenos al sistema académico y científico público-. Tampoco sirven los amigos, por más que se refrieguen las agendas y se señalen amistades que, cuando se trata del interés público, llevan a la confrontación.

José Bordón, que tiene experiencia en asuntos exteriores, ha explicado que las relaciones personales o las presuntas afinidades ideológicas no sirven mucho cuando se confronta el interés público de las naciones. “Escuché mucho que como hay dos presidentes ahora, amigos que se conocen, entonces vamos a superar todas las diferencias”, dijo sobre las relaciones de Milei con el electo José Antonio Kast.

Agregó: “Creo que presidentes parecidos y una buena relación ayuda a mejorar los temas. Sin embargo, nuestra experiencia es que, con tres gobiernos muy parecidos, el de Néstor Kirchner, el de Tabaré Vázquez y el de Ricardo Lagos, tres democracias electas en la región, tuvimos los mayores problemas con Chile y con Uruguay, por el tema de las pasteras y por el tema del gas”.

Y cerró: “No quiero decir quién tuvo más responsabilidad, pero esto se resolvió cuando llegó Macri. Si hubiera sido solo en Chile dirían ‘Bueno, fue Bordón que es viejo amigo de Chile y estaba Bachelet’, pero no se resolvió. Los dos países con un presidente con cercanías partidarias no garantizan buena relación, hay que construirla”.

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