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Santa Fe
29 marzo, 2026

Soledad Nívoli marchó este 24 de Marzo con lo que nunca había tenido: la respuesta de dónde estaba su papá

Es marzo de 2026. Soledad Nívoli busca un libro suyo en la biblioteca del Centro Cultural Madres de Plaza 25 de Mayo Rosario. Está dedicado a su nombre. El libro es de la periodista y militante Marta Dillon, se publicó en 2015 y se llama Aparecida. Hace apenas unos días que Soledad recibió la noticia, tan contundente que tuvo que sostenerse de una pared para empezar a procesarla. Encuentra el libro que donó y que lleva en la tapa la foto de una mujer joven —la madre de Dillon— de espaldas, en la playa, de cara al mar. Es una crónica que empieza con una noticia: el llamado del Equipo Argentino de Antropología Forense que confirma el hallazgo de los restos de su mamá desaparecida en la dictadura. En la dedicatoria, Dillon escribió a mano estas palabras: “Para Soledad. Ojalá encuentres en estas páginas algo de tu historia”. Después de ese reencuentro con la dedicatoria, Soledad recibe un mail de una amiga que no ve hace mucho y que le dice algo así: “¿Te acordás cuando leíste el libro de Marta Dillon y me viniste a decir ‘A mí nunca me va a pasar esto. Yo no voy a tener esa suerte’?”.

***

—Me emocionó mucho todo esto. Realmente es una historia que cada vez que aparece, y va a seguir pasando, cada vez que aparece la aparición genera esto: una explosión para adelante, para atrás, para los costados. Una suerte de conmoción colectiva y, bueno, eso es lo que me pasó a mí cuando me enteré. 

El martes 10 de marzo, el abogado Ramiro Fresneda salió de una reunión con el juez a cargo de la causa Enterramientos Clandestinos, llamó a Soledad Nívoli y le dijo lo que ella siempre pensó que no le iba a pasar: habían encontrado los restos de su papá Mario Alberto Nívoli, desaparecido en febrero de 1977.

El hallazgo es parte de la expedición del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) que se inició en septiembre de 2025. Apenas cinco días después de empezar, se dio a conocer que habían encontrado restos humanos pero recién ahora se conocen las identidades. 

Soledad nació en Córdoba, creció en Santa Fe, estudió Psicología en Rosario, se recibió y vive en esta ciudad desde entonces. Mario Alberto Nívoli nació en Ucacha, Córdoba, el 25 de abril de 1948. Estudió ingeniería química en la Universidad Nacional de Litoral. Se casó con Graciela Gauchat. Su hijo mayor tenía dos años y Soledad tenía cuatro meses cuando lo desaparecieron en Córdoba. 

En la conversación, Soledad repone nombres de causas, términos jurídicos, el trabajo del EAAF y el del geólogo que dio el puntapié para todo esto. Conoce la cronología, es generosa con los datos que presenta de forma ordenada y clara. Dice que es como en las películas “cuando alguien tiene algún familiar con una enfermedad desconocida y entonces se pone a investigar y se hace investigador o se hace médico, se hace de todo. Bueno, algo así”.

Algo así le pasa a ella y a tantos, tantos familiares de personas desaparecidas por todo el país: aprenden para poder buscar, aprenden para poder conversar con los interlocutores pertinentes, aprenden para poder preguntar las preguntas que aún no fueron hechas o que aún no tienen respuestas.

—Recuerdo a mi mamá, una maestra de escuela normal teniendo que conocer un montón de vocabulario de abogados, de lenguaje jurídico. Yo también siento que tuvimos que hacernos un poco geólogas, un poco antropólogas forenses. Entender eso es difícil. Pero no solo por el lenguaje técnico sino porque también es difícil que a uno le entre en la cabeza la cantidad de cosas que hicieron con esos cuerpos. El zafarrancho, digamos. Todo lo que revolvieron. Por eso digo que nos costó entender que no era una fosa común, sino que era una fosa común que habían removido, que habían sacado de ahí con camiones, que habían rellenado y que luego ahí nació el monte. Luego entonces todo el camino de vuelta que hubo que hacer para entender. Cuesta alcanzar un conocimiento de eso.

Mario Nívoli con su hijo e hija. Es la única foto que tiene Soledad con él y es del día anterior a su secuestro.

La cosa es así: La Perla fue el centro clandestino de detención más grande del “interior” de Argentina, situado en las afueras de Córdoba capital, a unos 18 kilómetros de ahí. Se estima que ahí estuvieron secuestradas unas 2500 personas entre marzo de 1976 —empezó a funcionar apenas los militares dieron el golpe de Estado— y diciembre de 1978. El predio es militar y tiene unas 14 mil hectáreas. Si bien a través de cientos de testimonios siempre se señaló a aquel lugar, al ser tan enorme, ¿cómo encarar la búsqueda? Ahí entra el geólogo, de la Universidad Nacional de Río Cuarto, al que Soledad aún no se anima a llamar pero quiere hacerlo: 

—¿Qué fue lo que finalmente determinó científicamente que ahí fuera el recorte para la expedición? En 2024 alguien encuentra en un archivo una foto satelital del año 79 que le permite comparar con una del 74. ¿Qué pasó en el 79? La Comisión Interamericana de Derechos Humanos viene a hacer una veeduría y es ahí donde, según testimonios, lo que hicieron los perpetradores fue agarrar las palas mecánicas, remover los cuerpos, llevarlos y taparlos para que nadie se entere. Entonces, lo que hace este geólogo es comparar esas dos fotos y empezar a revisar ahí donde él encuentra el rasgo antrópico, es decir con intervención del hombre en el terreno. Y además de tener los elementos de precisión actuales, después de finas y largas horas de observación, obviamente es una mirada entrenada, logra detectar las huellas de una retroexcavadora en ese terreno. Entonces logra recortar 10 hectáreas para ir a excavar, de las 14 mil del predio. De esas 10 hectáreas, 4 son de piedra, de un terreno super duro, entonces son 6 hectáreas. Sigue siendo un montón y son las que están excavando. Recién hicieron una campaña el año pasado que duró tres meses y en abril empieza una de cinco. Además, esta persona es muy sensible y lo primero que hace es cruzar lo que vio con testimonios de sobrevivientes. Les pregunta cuánto tardaban los camiones en ir y volver y cuando le dicen los minutos, saca cuentas y entonces ahí empieza a darse cuenta. Es un trabajo inmenso de alguien que tiene una cabeza muy, muy grande, muy enfocada también en cómo lograr esto que fue realmente un hallazgo y también es un antes y un después para su propia carrera. Es importantísimo esto que hizo.

A Soledad, geóloga aficionada, no se le escapa nombrar a todas las personas que se necesitaron para dar con este hallazgo. Entonces nombra también a “quienes pusieron el cuerpo para zarandear la tierra palmo a palmo, a ir encontrándose esos pequeños pedacitos, no sólo fueron los equipos de Antropólogos Forenses sino también una cooperativa de Córdoba, personas super humildes que se comprometieron desde minuto cero en esa búsqueda de la que participaron y se hicieron parte”.

La causa Enterramientos Clandestinos es de 1998 y Soledad, junto a 25 familias más, se constituyeron como querellantes hace un año. Con este dato de geología de la Universidad de Río Cuarto y con el apoyo del Eaaf y de organismos lograron impulsar esta excavación que empezó en 2025.

En Aparecida, Dillon escribe: “En el vaivén de la búsqueda, Antropólogos siempre fue un destino. Buscado porque al menos allí generan la ilusión de que algo se puede hacer. Porque lo que ellos rescatan de la sombra es algo concreto”.

El Eaaf existe desde 1984 y se convirtió en una referencia internacional para la búsqueda de personas víctimas de la desaparición forzada. Son profesionales, tiene rigurosidad técnica y trabajan con los familiares de estas víctimas “con la naturalidad de quien maneja cadáveres y el amor de quien sabe que esos cadáveres tienen nombre”, escribe Dillon en aquel libro.

—El trabajo sostenido hizo que jamás se abandonara la búsqueda, los familiares nunca abandonamos, los organismos tampoco, la justicia tampoco. Como que hay algo en ese camino que, aunque lento, fue persistente. Finalmente por eso causa esta conmoción ahora. Por eso este revuelo, porque son años y años y décadas y décadas de búsqueda. No te entra en la cabeza.

En estos días de una entrevista tras otra con diferentes medios del país, Soledad largó una frase poderosa: 

—Dejé de ser hija de un desaparecido.

Cuenta que recibió la noticia cerca de su pareja y de su hijo de 8 años. Que eso la ayudó a sostenerse. Que las preguntas de su hijo y de amiguitos de él, hicieron que de alguna manera “el abuelo Mario reingresara” a su historia familiar. Con su hermano y su tía están pensando en lo que sigue: qué ritual de despedida darle Mario Nívoli. En el Parque Scalabrini Ortiz, hace veinte años, plantaron un lapacho rosado en el Bosque de la Memoria. Quizá ese sea el sitio elegido para despedirse finalmente de él. Este 24 de marzo, como todos los años, marchó. Esta vez cambió su condición de hija. Allí estuvo por las calles de Rosario sosteniendo una bandera tejida, con inscripciones que aluden a su historia. En varias entrevistas estas semanas también habló de la sensación de alivio que sobrevino con la noticia. Soledad Nívoli pudo marchar, al fin, con una respuesta después de tantas décadas de preguntar: ¿dónde está?

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